miércoles, 3 de agosto de 2016

EL CUENTO DE LA CRIADA

Otra distopía:

El Cuento de la Criada escrito por la canadiense Margaret Atwood en 1985 .

Desde el título, la autora juega con la polisemia de las palabras. El cuento que no quiere contar, no es realmente un cuento, sino una realidad que se repite a lo largo de siglos: cuentos que intentan someter a la mujer y disponer de su cuerpo, como si nuestra libertad fuera un peligro para la sociedad. La religión, pero también otras ideologías son transmisoras de cuentos como este. Bajo la apariencia de matriarcados se sobredimensiona el poder de la fecundidad femenina, se empodera nuestro cuerpo para atraparnos en él y amputarnos otros ámbitos. Es por lo tanto este un cuento literario, pero sobre todo es un cuento en su acepción de mentira  o pretexto para justificar lo injustificable.

La protagonista, Defred narra un futuro en el que, tras unas guerras con armas nucleares, los Estados Unidos se han transformado en la república de Gilead, una especie de teocracia basada en el puritanismo y en la interpretación extrema del Antiguo Testamento en el que la sociedad se estructura y organiza de manera patriarcal y arcaica que ha relegado a las mujeres a unos pocos papeles: esposa, madre y ama de casa. La sociedad de la república de Gilead, controlada por Ojos y vigilada por Ángeles, está dirigida por una élite política compuesta por los llamados Comandantes. Sometidas a éstos se encuentran las mujeres distinguidas por los colores que deben usar para identificarlas con su rol social : Esposas de azul; las Marthas, mujeres encargadas de las labores de la casa, de verde; las Criadas, jóvenes “educadas” en campos con guardianas o Tías, que llevan en su mano aguijones eléctricos. Se las entrena como reproductoras sexuales para matrimonios que no pueden tener hijos y deben ir cubiertas con velo hábitos rojos. Aisladas y controladas férreamente, esperan el momento en que son llamadas para una extraña ceremonia de reproducción que incluye a la esposa, al Comandante.
“El Comandante empieza a leer, pero parece que lo hiciera de mala gana. No es muy bueno leyendo. Quizá simplemente se aburre.
Es el relato de costumbre, los relatos de costumbre. Dios hablando a Adán. Dios hablando a Noé. Creced y multiplicaos y poblad la tierra. Después viene toda esa tontería aburrida de Raquel y Leah que nos machacaban en el Centro. Dame hijos, o me moriré. ¿Soy yo, en lugar de Dios, quien te impide el fruto de tu vientre? He aquí a mi sierva Bilhah. Ella parirá sobre mis rodillas, y yo también tendré hilos de ella. Etcétera, etcétera. Nos lo leían todos los días durante el desayuno, cuando nos sentábamos en la cafetería de la escuela a comer gachas de avena con crema y azúcar moreno. Tenéis todo lo mejor, decía Tía Lydia.”

Ellas sólo como portadoras de un útero y ni siquiera son madres ya que al dar a luz a los hijos de los Comandantes éstos son criados por las Esposas. Se les niega, incluso, su propio nombre, debiendo llevar el de su dueño de Fred, de Warren.

Días geométricos que dan la vuelta una y otra vez, suavemente lubricados. Mi labio superior empapado en sudor, espero la llegada del inevitable huevo, que estará tibio como la habitación y que tendrá la yema cubierta por una película verde y tendrá un horrible sabor a sulfuro.”

A esta categoría pertenece la narradora, que va desgranando su historia mediante continuos flashbacks en forma de recuerdos. Luego están las Econoesposas que son las esposas de los pobres que deben asumir todas las funciones y su ropa es de rayas de colores. Los despojos de la sociedad son las No mujeres que son mayores o estériles y se dedican a limpiar los residuos tóxicos o a la agricultura.
Margaret Atwood, a través de la historia de Defred y de sus recuerdos de antes de la instauración de la república de Gilead, hace hincapié en todo aquello que se puede arrebatar a las mujeres: trabajo, posición social, pensamientos, capacidad crítica, sexo, libertad…

“Oh Dios, Rey del universo, gracias por no haberme hecho hombre.
Oh Dios, destrúyeme. Hazme fértil. Mortifica mi carne para que pueda multiplicarme. Permite que me realice...
Algunas se exaltaban con las oraciones. Era el éxtasis de la degradación. Algunas gemían y lloraban.
No es necesario que des un espectáculo, Janine, dijo Tía Lydia.
Ahora rezo sentada junto a la ventana, mirando el jardín a través de la cortina. Ni siquiera cierro los ojos. Allí fuera, o dentro de mi cabeza, reina la misma oscuridad. O la luz.
Dios mío, Tú que estás en el Reino de los Cielos, que es adentro.
Me gustaría que me dijeras Tu Nombre, quiero decir el verdadero. Aunque Tú también servirá.
Me gustaría saber que Tú estás allí arriba. Pero sea donde fuere, ayúdame a superar esto, por favor. Aunque tal vez no sea tarea Tuya; no creo ni remotamente que lo que está ocurriendo aquí sea lo que Tú querías.
Tengo suficiente pan cada día, así que no perderé el tiempo en eso. No es el principal problema. El problema está en tragártelo sin que te asfixie.
Ahora llega el perdón. No te molestes en perdonarme ahora mismo. Hay cosas más importantes. Por ejemplo: mantén a los demás a salvo, si es que están a salvo. No permitas que sufran demasiado. Si tienen que morir, procura que sea algo rápido. Incluso puedes hacer un Cielo pera ellos. Para eso Te necesitamos. El infierno podemos hacerlo nosotros mismos.
Supongo que debería decir que perdono a quien ha hecho esto, sea quien fuere, y lo que hacen ahora, sea lo que fuere. Lo intentaré, aunque no es fácil.
Luego llega la tentación. En el Centro, la tentación significaba mucho más que comer o dormir. Aquello que no conozcáis, no os tentará, solía decir Tía Lydia. “

El totalitarismo que recrea Atwood puede parecer extremo, pero su denuncia del control de las mujeres ,especialmente en lo que se refiere a su capacidad de ser libres, de (decidir sobre su vida y sobre su función reproductora) está totalmente vigente en las sociedades orientales y occidentales. De hecho las diferentes modalidades de tortura o violencia que aparecen en la novela, han sido utilizadas realmente en alguna etapa de la Historia de la Humanidad.
Eso es lo realmente espeluznante: por una parte que el ser humano es capaz de cometer las mayores atrocidades, especialmente con las mujeres y por otra que somos capaces de acomodarnos a cualquier situación.
“La humanidad es muy adaptable decía mi madre. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación.”