miércoles, 10 de julio de 2013

La peste de Albert Camus

He vuelto a leer uno de esos libros que se leen en la adolescencia, ignorante de su verdadero valor. Como cada verano descubro con placer la vigencia de obras magistrales.

La peste de Albert Camus fue escrita en 1947 y seguramente sirvió de inspiración a Saramago mientras escribía su "Ensayo sobre la ceguera"

En Orán, Argelia, una ciudada fea ,pero tranquila empiezan a aparecer ratas que salen a morir a la superficie. Será el comienzo de la peste. Para muchos, la metáfora de la ocupación nazi en Europa. Hay cierta similitud en cuanto a que estas ideas peligrosas se extendieron ante la inacción de la gente que al principio no supo ver el riesgo que entrañaban.

“Muchos esperaban, además, que la epidemia fuera a detenerse y que quedasen ellos a salvo con toda su familia. En consecuencia, todavía no se sentían obligados a nada. La peste no era para ellos más que un visitante desagradable, que tenía que irse algún día puesto que algún día había llegado. Asustados, pero no desesperados, todavía no había llegado el momento en que la peste se les apareciese como la forma misma de su vida y que olvidasen la existencia que hasta su llegada habían llevado.”

El individualismo y la soberbia son una forma de ignorancia.

“Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste, que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.”

Los personajes son arquetípicos:
Rieux, el médico que renuncia a su interés particular por el bien social. Se dedica a combatir la enfermedad sabiendo que su esfuerzo es estéril y lo hace con una gran humanidad, sabiendo que el afecto y el calor humano son imprescindibles en la vida.
Paneloux, el cura que al principio de la plaga pronuncia un sermón culpabilizando a la gente por sus pecados e interpretando lo que sucede como un castigo del ser superior. Sin embargo, al comtemplar la muerte del hijo del señor Othon, comienza la evolución hacia la duda. Su propia muerte parece ser la derrota misma de sus creencias o sus dogmas ante un dolor tan injusto como el de un niño.
Tarrou representa la resistencia civil, aspira al tercer estadio: la paz , siendo la peste y las víctimas los dos primeros. Al final consigue esa paz , cuando muere en medio de las celebraciones del fin de la epidemia.
Estos tres son los personajes principales que desde el principio tienen claro que la solidaridad es la única forma de combate. Esa es la idea principal de esta novela: la colectividad por encima de individualismos es lo que puede salvar a la humanidad de las guerras o de la propia existencia.
Ellos son la prueba de que “hay más actos dignos de admiración que de desprecio en los seres humanos.”
Rambert es ese periodista de fuera, que no está interesado en nada de lo que allí acontece y cuyo único objetivo es salir de esa ciudad para encontrarse con su mujer. Paradójicamente, cuando por fin está cerca de conseguirlo, decide libremente quedarse a ayudar.
Cottard, que se beneficia de la situación para enriquecerse y que acabará loco.
Grand, el funcionario abnegado y metódico. El cronista o narrador, aclara que en esta novela no hay héroes, pero si hubiera alguno sería este personaje que basa su vida en la búsqueda de las palabras precisas y adecuadas y no duda en rehacer una y otra vez la misma frase. Es uno de los casos que se salvan contra todo pronóstico.
El narrador en tercera persona, el cronista, cuenta los hechos de manera objetiva sin ahorrarse escenas desgarradoras y crueles. Para lograr esa objetividad, Rieux utiliza los apuntes de Tarrou y a pesar de ser protagonista, consigue alejarse de sus propios sentimientos incluso ante la pérdida de su amigo y su mujer.


La peste acaba, como acaban las guerras, como acaba la vida y los personajes, las personas, que en todas las épocas son las mismas, habrán aprendido que el dolor es universal, que nos hermana. En la historia que nos toque vivir, por tanto, habrá que tomar partido por las víctimas siempre.

“Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que un testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan no obstante en ser médicos”

La peste, la guerra, la vida de ellas según Camus solo obtenemos conocimiento y memoria; faltaría pues la ilusión para no tener una vida estéril.

“...qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera(...)y con la conciencia de lo estéril que es una vida sin ilusiones. No puede haber paz sin esperanza.”

Como todas las grandes novelas, sus reflexiones siguen teniendo vigencia en nuestros días. El autor cierra el libro con una advertencia profética:
“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.”